Estaba sentado, viendo cómo La Planicie era consumida por ese calor de verano, que quemaba como si fuera sangre hirviendo. Ardía.
–"Priscilo, ¿Qué haces ahí, chinga? ¡Vente a tomar una cerveza con nosotros en la sombrita!"
–"Priscilo, ¿Qué haces ahí, chinga? ¡Vente a tomar una cerveza con nosotros en la sombrita!"
Sin contestar, lo miré como sólo mira la gente muerta. Sin ganas. No dijo nada después de aquella mirada. Lo cierto era, que prefería ver ese calor intenso, que se llevaba toda la vegetación, para que nunca regresara. Se iba a un lugar mejor. Y luego, ese mismo dorado sol engendraría nuevos habitantes, que con su clorofila darían vida a aquel valle plano, que me gustaba llamarle La Planicie.
Pero Eutanasio prefería beber ese dorado líquido contenido de las botellas, y no darle el debido respeto a los frutos de su trabajo, pues los naipes podrían quitárselos antes de que ya no quedara valle.
–"Está bien si no quieres venir con nosotros, pero préstame para ir a comprar más cerveza".
Ya no hizo falta que lo volteara a ver. Era casi ofensivo que me pidiera dinero, porque él, el mayor de mi casa, tenía ya sus ahorros (o al menos eso pensaba yo), pues había trabajado toda su vida para sacar su futuro adelante.
A mí no me gustaba pensar que algún día tendría que dejar mi hogar, pero a Eutanasio no se le podía dejar en un mismo sitio por mucho tiempo, y no faltaría mucho tiempo antes de que se marchara de nuevo.
En las noches él me contaba que cuando dejó Mis Tres Potrancas por primera vez, se enamoró de la carretera. Tanto, que quisiera caminar todo el día, esperando que nunca se acabará y que siempre el sol brillará al término de ésta, en el cercano horizonte. Yo sabía que él no quería la carretera. Lo que amaba Eutanasio, era la diversidad. Nuestro rancho no tenía ningún camino de asfalto. Nunca vi uno.
-Mauricio Hernández Cedillo
1 comentario:
Va pa' largo?
Muy "Rulfesco" por cierto. Me gustó.
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