martes, 15 de febrero de 2011

Plutarco Elías Calles No. 17

¿Cómo iba él a saber que el castigo de Charo, sería en realidad un regalo? Un regalo, que, se encargaría de cambiar radicalmente la completa idiosincrasia de su hija, y a su gusto, que la destruiría.

- En verdad te pregunto. Mírame. ¿Tú me creerías si te digo que estuve en un colegio de religiosas? ¿De monjas? Si te lo digo, ¿me creerías? Que fui el mejor promedio, la estrella en la frente, el primer lugar en oratoria, la niña abanderada, ¿lo harías, me creerías?

- Pues sí, lo haría, porque me lo dices tú. Pero entonces te preguntaría, ¿qué pasó con Charo la niña abanderada de dieces? Pareciera que se hizo polvo, esparciéndose por la calle, para que las bestias la pudieran pisar con sus pezuñas y así desaparecerla para siempre.

- No exageres, todavía quedan rastros de bondad en mí, muy dentro de mí, en mi pecho. Sólo que no me gusta despertarlos. A los rastros. Me recuerdan a mi pasado.

- ¿Qué tiene de malo tu pasado?

- Nada, era muy bueno.

- Claro, a nadie le gusta que le recuerden buenos momentos.

- No es eso, es sólo que... Cuando era un modelo de niña, perfecta, a seguir, ideal para cualquier padre, el mío me quería. Todo era muy bueno. Feliz. Rosa. Todo. Hasta que llegó Josefino. Mi Pepino. Él fue la causa. Por eso lo sigo queriendo, a pesar de lo que pasó. Yo tenía quince años, no más. Él tenía veinte, ó más. Pero me dijo que diecisiete. Yo le creí. Tenía quince. Al enterarse mi papá que estaba saliendo con alguien cinco años mayor que yo (ó más), se enojó. Tanto, que por primera vez en mi vida me castigó. Me sacó del colegio de las monjitas. Me fui como el mayor cuadro de honor en mucho tiempo. Entré entonces, a la escuela Plutarco Elías Calles No. 17. Por primera vez en mi vida estuve en una escuela pública, del gobierno del Estado. Por primera vez en mi vida, me sentí sola. Ahí no me querían. Eran malos. No me querían porque yo era buena. Porque tenía el mejor promedio. Porque venía de colegio. Privado. Por eso no me querían. Por eso me sentí sola. Por primera vez. Que bueno que Josefino siempre podía verme, a escondidas, después de la escuela. Después, mi papá me esperaba en la casa. Pero ya no me esperaba con gusto. Ya no me quería, porque ya no era una niña buena. La escuela me cambió. Sólo al principio estuve sola. Después conocí a los que siguen siendo mis amigos. Bohemios, borrachos, mis amigos. El negro se volvió el color de mi ropa, de mis uñas. Aprendí a tener vicios. A divertirme. Eso sí, nunca dejé ni descuidé la escuela. Pero mi papá, ya no me quería.



- Mauricio Hernández Cedillo

1 comentario:

David Villarreal G. dijo...

la triste historia de muchas personas en méxico... un brillante futuro echado a perder por malas decisiones. tu estilo va definiéndose excelentemente mauricio!

david v.